Parto de una premisa: "Todos podemos ser celíacos hasta que demostremos lo contrario". Esto me lo dijeron una vez en broma, y yo realmente lo incorporé a mi vida.
Confieso que desde que me enteré de mi condición celíaca pasé por muchísimas etapas, en realidad lo supe prácticamente por casualidad: a mi sobrino mayor, Juan, al entrar al secundario le solicitaron una serie de análisis de rutina y en uno de ellos salió un valor que podría indicar celiaquía, finalmente se descartó en él, y se confirmó en Juli, mi sobrino menor.
Ahora ¿Cómo me enteré de mi celiaquía?: bien, la médica que biopsió a Juli, preguntó antecedentes familiares, y me hermana Beatriz, le contó que yo desde los 6 meses hasta los 2 años tuve malestares estomacales sin causa determinada, y que solo fueron controladas con una dieta super estricta (obviamente ahora entendemos que casualmente era una dieta libre de gluten).
La cuestión es que es que cuando la doctora me vio en el sanatorio, el día de la biopsia de juli, me dijo:
- ¿Vos sos la tía de Julián?
- Sí, ¿por qué, nos parecemos mucho no es cierto? -le respondí emocionada.
Y ahí nomás y sin anestesia me arrojó la bomba.
- En realidad te quería avisar que vos por tus antecedentes, es probable que también seas celíaca.
Recuerdo haber pensado esta mujer es un malvada, una perversa. La historia es que tardé 3 meses en asumir que tenía que hacerme lo análisis, obviamente positivos.
Entré en un período de angustia, ansiedad y pánico. Digerir esto de la celiaquía resultó, para mí, al igual que para muchísima gente, casi más complejo que digerir el mismísimo gluten.
Lo primero que me surgió fue una bronca espantosa ¿por qué yo?, como puede ser que los médicos con los cuales me atendí hasta ahora, a los que les conté mi antecedente de malestares infantiles, jamás hayan indagado. Entendí: la medicina no es preventiva; muchos médicos conocen poco y nada sobre el tema y tampoco les interesa demasiado conocerlo; a los laboratorios, como la celiaquía no requiere medicación, no les interesa dedicar presupuesto para su investigación y, las obras sociales están en bavia, no comprenden que diagnosticar a un socio les ahorraría todas la complicaciones que pueden derivar de la celiaquía no diagnosticada ni tratada.
Hecho aquí mi descargo, sigo con el relato de las diferentes etapas por las que fui atravesando.
Me dediqué a comer todo lo que figuraba como apto en los listados. Como consecuencia, aumente 16 kilos en 4 meses (más que en mis dos embarazos). Después empecé a reconciliarme con estas limitaciones, y pensé que la mejor forma de acoplarlo a mi vida, era abriendo un restaurante con menúes sin gluten (hacía casi 10 años que yo me dedicaba a la gastronomía).
Tuve que hacer un enorme esfuerzo de ensayo, error y engorde, para adaptar todas mis recetas a las nuevas harinas sin gluten (tarea nada sencilla). El motor de esto fue Juli, y el objetivo abrir el restaurante. En sociedad con mi madre y mi hermana abrimos el restaurante Fusión, pero con los avatares de este bendito país, resultó prácticamente una odisea sostenerlo, hasta que en diciembre de 2004 cerramos con toda la pena del mundo.
Realmente fue maravilloso conocer a toda la gente que conocimos, con quienes prácticamente intercambiamos experiencias de vida y con las que nos enriquecimos mutuamente.
Debo reconocer que hoy el hecho de ser celíaca, si me organizo, ya no representa prácticamente ningún trastorno en mi vida. Y agrego que al igual que la mayoría de los celíacos, me siento con el deber (por más que nuestros amigos y familiares nos tilden de pesados) de alertar a la gente que conocemos, acerca de la condición celíaca, sus síntomas, y formas de diagnóstico.
Mónica Benain